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"Obra lírica y doméstica. Poemas completos"

Alfonso Sastre


Nº de páginas: 518
PVP: 25 ¬

Más de una vez se ha dicho que hay un poeta y un narrador y un filósofo llamados todos ellos Alfonso Sastre, y cuya existencia ha sido ocultada y hasta borrada por la notoriedad que, a pesar de todas sus vicisitudes, ha adquirido el dramaturgo del mismo nombre. Hoy nos toca revelar y poner a la luz la existencia de este poeta «lírico y doméstico», como él gusta de llamarse, y lo hacemos de la mejor manera posible, reeditando sus libros de versos, a saber, Balada de Carabanchel y otro poemas celulares (1976), El español al alcance de todos (1978), T.B.O. (1978), y Vida del hombre invisible contada por él mismo (1994), a los que se añade el inédito Residuos urbanos. Queda fuera y completa este conjunto El Evangelio de Drácula, que apareció en 1997 en esta misma casa editorial, en homenaje a la gran novela de Bram Stoker.
En realidad, la cronología de estos poemas comienza en 1942, cuando el poeta escribió sus primeras «baladas ingenuas», aún bajo el influjo de poetas tan diferentes y lejanos entre sí como François Villon, Garcilaso de la Vega, Rubén Darío o Francis Jammes y de un cristianismo litúrgico y estético. Mucho más tarde aparecen en su obra las huellas de otros poetas que se movieron en el área del marxismo y a los que pronto amó fervientemente, como César Vallejo y Nazin Hikmet.
Lo doméstico y lo político residen en el mismo corazón de su lírica, de manera que en él quedan felizmente desarticuladas las categorías de la preceptiva poética convencional.

Comentarios sobre la obra

Gara, 22 enero 2005
Joxemari Carrere entrevista a Alfonso Sastre

Alfonso Sastre: “Un soneto tiene tal fuerza que garantiza su perennidad” 

Conocido y premiado como dramaturgo, con obras representadas en todo el mundo, Alfonso Sastre nos sorprende con una compilación de su obra poética bajo el título “Obra lírica y doméstica. Poesía completa”. En este recorrido a su obra poética descubrimos un Sastre que se mueve entre lo cotidiano y todas las preocupaciones que han sido un motor en su vida. 

Como Gabriel Aresti quizás Alfonso Sastre piensa también que los poetas van directamente al infierno. Aunque hablando con él no parece que le preocupen demasiado las cosas de cielos o infiernos, sino las terrenales, allí donde ocurren las cosas verdaderamente interesantes.

En algunos poemas se refiere a usted mismo como “el poeta”, pero usted se considera más versificador que poeta, ¿dónde encuentra la diferencia?
En algunas presentaciones de poemas ocurre así, imitando el estilo clásico de la presentación de poemas hacia el siglo XVII, es una forma un poco arcaica de hablar. La diferencia entre versificador y poeta es evidente; todos los versificadores no son poetas ni todos los poetas son grandes versificadores. Son como dos oficios diferentes. Yo he conocido a poetas muy importantes que no eran grandes versificadores, que si utilizaban el verso libre no era tanto porque el verso libre les pareciera la mejor manera de expresar sus sentimientos o sus ideas, sino porque se sienten más cómodos no sometiéndose al rigor de una versificación; y he conocido también grandes versificadores que no eran grandes poetas. Yo siempre he pensado que pertenecía más al oficio de los versificadores, yo soy un buen versificador, puedo hacer un soneto sin ningún problema, en cambio no estoy nada seguro que sea un gran poeta. Entiendo por gran poeta alguien capaz de hacer un juego importante con la imaginación. Está ahí lo que es un poeta, es un creador de imágenes, y ese trabajo se puede producir en términos versos, entonces además de poeta es versificador, o en términos de prosa, siendo prosista.
 
En este punto ocurre quizás lo que alguna vez ha comentando sobre su relación con el teatro y la literatura, en la que para la gente de teatro es usted escritor y para la literatura es usted “teatrero”. Parece que se ha movido toda su vida en estas dicotomías, tanto en lo literario como en otras facetas de su vida.

(Ríe) La descolocación ha sido una situación mía normal y corriente. Es verdad que entre las gentes de letras yo soy un hombre de teatro y viceversa, por tanto no sé dónde situarme. El destino de los intelectuales es cierta descolocación; creo que se puede decir, en términos generales, de los intelectuales que no se someten a la disciplina de partidos ni del poder, que se encuentran en una situación de desubicación, incluso cuando en el poder está la opción ideológica que él defiende. Casi puede decirse que ese es su papel propio, estar descolocado, sin someterse a ninguna disciplina. Quizás eso se puede reflejar en esas, un poco, bromas mías del versificador o del poeta.

Leyendo su libro da la impresión de estar más ante una autobiografía que ante una compilación de su obra poética, tal es el reflejo que se ofrece de su vida. Diríamos que el lector se puede imaginar el recorrido vital de Alfonso Sastre leyendo su poemario.

Al preparar el libro me di cuenta de que lo que venía a ser era eso, una especie de autobiografía. La cronología es variable, es decir, no empieza con el primer poema que escribí y acaba con el último, no es que uno leyendo los poemas lea la historia de mi vida; pero el conjunto sí da esa imagen. Incluso, cuando lo estaba preparando pensé que, si alguna vez tuve la tentación de hacer una autobiografía no tiene sentido que yo hiciera algo así propiamente dicho, puesto que en estos poemas se configura lo que ha sido mi vida desde el punto de vista de los sentimientos, de las ideas, incluso de un modo bastante preciso. En una prosa actual yo no lo podría explicar mejor. Si yo tratara de reconstruir mi vida, el encontrarme con tales situaciones o la asunción de tales ideas, a lo mejor quedaría más claro, pero con esta colección de poemas da una imagen impresionista de una vida, no cronológica. Sí, es una autobiografía; por tanto cualquier tentación de hacer una autobiografía en prosa queda completamente excluida. Entre estos poemas y los prólogos que he publicado como introducción a mis obras dramáticas, creo que queda una autobiografía muy precisa.
           
A veces parece que el protagonista de los poemas sea un personaje creado por usted mismo, como si fuese el protagonista de una de sus creaciones teatrales, con sus anécdotas, sus sentimientos...
 
Los sentimientos, y los hechos también. Es por ello que el titulo de “Obra lírica y doméstica” incluye ese último aspecto, desde el momento en que se produce en términos como líricos algo que es puramente doméstico, ya que aparecen personajes de mi familia y yo con ella. Y en el aspecto narrativo hay una confrontación entre lo lírico y lo épico; veo que en este libro está rota esa diferenciación en esta manera clásica de clasificar la poesía entre lo lírico, lo épico y lo dramático. Si se intentara de alguno de los poemas decir si es lírico o épico a lo mejor no es ni una cosa ni otra. Hay muchos poemas narrativos y decididamente autobiográficos. La “Historia del hombre invisible contada por él mismo” son episodios relatados, nada más que relatados tal y como ocurrieron los hechos. Esto no quiere decir que no exprese las emociones que esos momentos tuve y por ahí asoma el lirismo, en esos sentimientos de angustia, de desesperación, de miedo.

Aunque el libro no está ordenado desde un punto de vista cronológico, es evidente cómo va cambiando su posición ante el mundo que le rodea, desde ser un observador crítico, hasta aparecer como protagonista de la necesidad de cambios y sufrir por ello. El mismo estilo poético se va haciendo más directo, a veces en términos verdaderamente duros.

Eso es evidente que tiene que ser así, aunque yo no tengo conciencia de ello, de que se haya reflejado claramente en esos poemas mi transición de un momento a otro. Yo empecé por escribir desde la imaginación, como cualquier escritor que empieza muy joven. Yo empecé muy joven a escribir, estrené mi primera obra de teatro a los veinte años, y claro casi todo lo que yo escribía no procedía de experiencias personales sino de lecturas e imaginaciones. Esa era mi situación, por ejemplo, cuando escribí mi primera obra teatral. Se titula “Prologo patético” y trata sobre el terrorismo. Yo entonces no tenía ninguna experiencia personal directa, aunque había leído reportajes sobre la resistencia francesa, que para los alemanes era terrorismo. Yo descubrí esa ambigüedad al terminar la guerra, cuando aquellos terroristas de los que hablaban los alemanes eran los patriotas franceses. Para mí eso fue una revelación, se es terrorista o patriota según como vayan las cosas, pensaba yo, y es una de las cosas primeras que para mí fue importante; pero, claro, directamente no tenía ninguna relación con unos activistas. Cuando ingresé en la facultad de letras de Madrid, descubrí, aunque no llegué a contactar con ellos, que allí había un grupo de estudiantes organizado, antifascista, que hicieron una pintada en la fachada de la facultad que decía: “¡Viva la universidad libre!”. Y yo me preguntaba quiénes serían esos. A estos también les llamaban terroristas. Y con esto y algunos reportajes sobre la resistencia francesa escritos por pro-nazis, hice el “Prólogo patético”. Desde ese momento a momentos posteriores, como cuando escribo “Análisis de un comando”, hay ya  grandes experiencias personales vertidas en los textos. Por eso mismo pienso que en estos poemas evidentemente también se evidenciará, que en un principio había mucha imaginación en lo que yo escribía y posteriormente seguramente el lenguaje se endureció, puesto que tenía que reflejar experiencias personales directas.

Es curioso cómo el robo de unos sonetos a un retrete puede ser causa de un enfado mayúsculo.

Lo de los sonetos del retrete es una de las cóleras más fuertes que he tenido nunca. Fue cuando la policía me robó los poemas. Al ingresar en Carabanchel yo escribí un soneto diario mientras estaba en periodo sanitario, que no recuerdo si eran ocho o diez días, por el cual nada más entrar te incomunicaban en una celda, que era una habitación con un retrete y un camastro. Hice un soneto diario y, más tarde, en un registro de la policía en casa me los robaron, solo pude reconstruir el primero al recordarlo de memoria. ¡Yo tenía una furia contra el policía que me los robó! Hice un soneto de furia contra ese policía, empleando un lenguaje de cólera, de barrio. Para un escritor el que le roben unos originales que le han costado tanto hacerlos es una faena; además aquellos sonetos estaban muy bien, cada día descubría un nuevo aspecto del retrete aquél, momentos de odio, de amor a aquel retrete reflejados en aquellos sonetos. Era una obra literaria que me parecía interesante; quizás la sobrevaloraba, pero para mí era muy importante recuperar aquello, y que me lo robaran así me produjo cólera. Hice un soneto insultador y me quedé tranquilo con la furia. 

Llama la atención en muchos poemas de los que llama domésticos la ternura que transmite a la hora de explicar a su compañera o sus hijos una situación difícil.

Ahí empleaba yo los poemas como un modo de terapia. Expresaba un sentimiento y lo comunicaba para que ellos se sintieran bien y queridos. La poesía en términos generales tiene esa labor de expresar sentimientos y pensamientos personales; ese aspecto queda realizado por el mero hecho de escribir los poemas y comunicarlos, que es el fenómeno que se produce cuando esos poemas se trasladan al exterior, se publican... Cumplían para mí ese aspecto terapéutico práctico. No sé si los libros de poemas siempre son tan explícitos en cuanto a la expresión de sentimientos personales, yo creo que no siempre. Hay grandes poetas que se sirven de un repertorio de imágenes, de metáforas y a veces se pierde de vista a qué se refiere. El mensaje aparece difuminado a través de la retórica, ocupando esta su lugar. A mí me gusta que el efecto poético no se produzca como consecuencia de un lenguaje rico, metafóricamente complejo, sino por la profundidad de los sentimientos expresados llanamente. Para mí lo ideal de un poema es que sea llano, comprensible y profundo, y el lector no tenga que dilucidar las metáforas.

Pero usted trabaja el lenguaje de una manera muy precisa, casi de laboratorio.

Yo pensaba a veces que el lenguaje poético ideal sería el científico. Pensaba yo, que si conseguía expresar esto de un modo preciso, habrá una dificultad para diferenciar el lenguaje poético del científico; pero el lenguaje científico pretende ser preciso y objetivo, y yo también. Mis poemas se leen con facilidad, pienso yo, cuentan cosas que se entienden y si no tienen el aire de ser grandes poemas, seguramente no lo serán pero para mí son suficientemente buenos poemas por el hecho de que comuniquen los sentimientos de modo eficaz, y se entienda el mensaje. Si el valor de la poesía se midiera en función de la riqueza por la complejidad de las metáforas estos poemas míos estarían en el último nivel de la poesía. La generación del 27 no oculta la interioridad de los sentimientos, pero trata de expresarla a través de un mundo metafórico muy rico, y eso a mí me hacía retirarme un poco de esta generación, admirándola mucho, y volver la vista al siglo XVII, y encontraba a poetas como Quevedo y algo que me parecía mucho más una buena línea que la línea de la poesía pura. Tenía admiración por Francois Villon, un poeta francés en la transición entre la Edad Media y el Renacimiento, que habla de sus cosas llanamente.
¿De esta búsqueda en la poesía clásica le viene esa adicción al soneto?
Uno de los poetas que admiraba más era Garcilaso de la Vega. Sus sonetos para mí eran una cosa extraordinaria y creo que lo son. Y los de Quevedo también. El soneto es originariamente una forma italiana que a mí me gusta mucho. Esa estrofa de catorce versos endecasílabos me parece que tiene unas virtualidades para decir cosas maravillosas y que quedan como lapidarias, en el sentido de grabarse en la piedra. Un soneto tiene tal perfección que parece que eso garantiza su supervivencia. Un poema en verso libre aparenta que se puede disolver en el espacio y no pasa nada, pero un soneto tiene tal energía, tal fuerza en cuanto que la forma es de una perfección que garantiza su perennidad.
En este recorrido poético a su vida no podía dejar de aparecer la mención a su incorporación a ciertas “listas negras”, y parece que hoy en día continúa siendo así.
Sí, en algún poema he querido dejar constancia de ese ninguneo al que he sido sometido a veces. En ocasiones era, yo me lo explicaba, por la notoriedad como autor de teatro ocultaba las otras facetas de mi escritura. En la crítica española es verdad que ocurre muchas veces así, que un poeta no puede ser autor teatral o viceversa. Pero otras veces ha venido de la represión lisa y llana. Hoy en día se cristaliza en una situación nueva, que puede ser la creación de nuevas capillas como el grupo PRISA que hacen que haya una nueva censura.

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EL SASTRECILLO VALIENTE

Carlo Frabetti
Rebelión, 3 febrero 2005

No me atrevería a llamarlo Sastrecillo si no fuera porque él mismo, en uno de sus memorables “diálogos con su sombra”, se autodenomina así. Para calificarlo de valiente, sin embargo, no necesito su permiso (no me lo daría, teniendo en cuenta su modestia radical): durante medio siglo ha demostrado el más alto grado de valor en todas las acepciones del término y en las circunstancias más adversas, y no hay nadie que pueda negarle ni disputarle un adjetivo que, en su caso, ha adquirido consustancialidad de epíteto, de apellido moral.
Podría decir esto con cualquier pretexto (pues no hace falta ninguno), pero en esta ocasión lo hago tras leer, casi de un tirón, la recientemente editada recopilación de su poesía completa (Obra lírica y doméstica, Hiru, 2004), nuevo y antiguo (es decir, histórico) testimonio de la valentía literaria y política del autor. Como se ha dicho más de una vez, hay un poeta y un narrador y un filósofo llamados todos ellos Alfonso Sastre y que han sido eclipsados por la fama del dramaturgo del mismo nombre. Era, pues, doblemente necesario reunir la dispersa y poco accesible obra poética de Sastre en un volumen como este, que cautivará y sorprenderá, casi como si de una novedad se tratara, incluso a sus lectores asiduos (entre los que me cuento desde hace más de cuarenta años). Como todos los libros importantes (aquellos en los que una imperiosa necesidad expresiva moviliza una creatividad de primer orden al servicio de un proyecto transformador), esta antología lleva implícita una reflexión sobre su propia materia. ¿Qué es, hoy, la poesía? ¿Cómo incide en las sensibilidades y en las conciencias actuales? ¿Cuál es, en estos momentos, la relación entre poesía y realidad? La de Alfonso Sastre es, huelga señalarlo, una poesía militante; pero, además, lo es de una manera que nos hace preguntarnos (como se lo preguntaba Brecht en circunstancias parecidas a las nuestras) si cabe otra poesía que no sea la militante. Sastre no maldice explícitamente la poesía concebida como un lujo cultural; no necesita hacerlo: su obra vigorosa y veritativa aniquila la poesía “neutral”, blandamente estetizante, con su mera presencia, con su existencia más fuerte, como el ángel de Rilke.
No puede sorprendernos, a la luz de las consideraciones anteriores, que no todos los poemas de Sastre sean “poéticamente correctos”. El autor de Tarde en la taberna y Balada de Carabanchel no les tiene miedo ni al ripio ni al pastiche, ni al tópico ni al exabrupto, puesto que en el arte (y solo en el arte) el fin justifica los medios. Pero incluso sus poemas más anecdóticos tienen el inconfundible aroma de lo verdadero. Sus sencillos pareados son, como el nunchaku de los campesinos japoneses (dos palos iguales unidos por un breve trozo de cuerda), un primoroso instrumento artesanal capaz de convertirse en arma contra el opresor.
No voy a entrar en la crítica, ni siquiera en la descripción, de los cinco libros (y pico) reunidos en esta antología con rango de obra completa: sería una frivolidad intentar hacerlo en tan poco espacio y en tan poco tiempo. Solo señalaré que, tanto por el período (sesenta años) como por los temas que abarca, es una auténtica autobiografía lírica (a la vez que un testamento estético y moral) de ese “poeta pensante” que es Alfonso Sastre, el más grande dramaturgo vivo de la lengua castellana. Y que no es una versión definitiva, pues al autor de Vida del hombre invisible contada por él mismo aún le queda mucho que contar.
Hay muy pocos poetas verdaderos, e incluso ellos lo son muy pocas veces, como decía Jorge Guillén. A pesar de su aparente dilettantismo, Alfonso Sastre es mucho más poeta y lo es muchas más veces que la mayoría de los vates laureados, y la publicación de su poesía completa constituye un auténtico hito literario. Un hito del que, por supuesto, nuestra envilecida cultura oficial no ha querido darse por enterada. No conocen el suelo las rodillas del Sastrecillo Valiente, y eso en un país de lacayos no se perdona. 

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